Tendrías que ver esto.
Está teniendo lugar la mayor de las tormentas eléctricas que he visto en mi vida, y es algo asombroso.
El cielo comenzó a iluminarse con destellos azules, cada vez con más frecuencia.
Los truenos hacían pensar en bloques enteros de casas derrumbándose.
Te puedo asegurar que llegué a pasar verdadero miedo.
A veces la luz del relámpago que entraba por la ventana era tan intensa que apuesto a que si durara más podría cegar a una persona.
Me quedé tumbado en la cama, inmóvil, y me puse a pensar en historias acerca de tormentas eléctricas.
No recordé ninguna.
Nada digno de aparecer en los telediarios, o de salir en las primeras planas de los periódicos.
Puedo hablar de desbordamientos, de terremotos o de vendavales.
Pero nada de catástrofes provocadas por rayos.
Ahora estoy haciendo memoria.
Alguien me contaba hace algún tiempo la historia de unos familiares suyos.
Una noche un rayo entró en su casa, en medio del campo, y los frió a todos uno por uno.
¿Se puede sentir alguien seguro, incluso en su propio hogar?
Si fuera fotógrafo saldría ahora mismo corriendo con mi cámara, bajaría a la playa, y esperaría a que mi objetivo captara el momento en el que un rayo desgarra en dos el firmamento.
Como el fotógrafo del cielo.
Pero no lo soy, y me alegro.
No quiero salir de aquí, no podría.
Carver también le tenía miedo a las tormentas eléctricas.
¿Quién no?
¡Te juro que acaba de caer uno justo aquí enfrente!
Uno no puede confiar mucho en los pararrayos.
Dicen que los hay por toda la ciudad, pero yo no conozco ninguno.
Suele oírse que las iglesias, con sus campanarios, atraen a los rayos.
Yo vivo enfrente de una, y confío en que San Pedro vele por nosotros.
Si al menos estuvieras aquí conmigo, sería diferente.
Tú estarías más asustada que yo y a mí me daría la risa, y te prometería que iba a salvarte la vida qunque seguiría teniendo miedo.
Pero no estás, y la tormenta eléctrica ilumina de tal forma tu ausencia que me duelen los ojos.
Los relámpagos y truenos se alejan, y sólo queda el chaparrón.
¿Qué ocurre cuando cae un rayo en medio del océano?
¿No debería morir toda la fauna marina?
¿No debería electrocutarse cualquier persona que en ese momento se esté dando un baño en el mar, en cualquier lugar del mundo?
Yo no sé nada de estas cosas, pero creo haber llegado a la conclusión de que las tormentas eléctricas no existen.
No son reales, aunque yo las siento de verdad.
Y me aterran.
Entonces tomo conciencia de mi soledad.
Te extraño hasta el dolor,
te escribo de este modo,
y el cielo al fin se calma y nos quiere dar un respiro,
y con ello consigo dormirme aun a sabiendas de que nuevas tormentas eléctricas esperan,
acurrucadas,
detrás de mis ventanas.