Desde allí todo parecía revolucionario, emocionante. El muro de la vergüenza o el muro de contención antifascista. Pisaba y respiraba historia. Así andaba por la ciudad, me iba por los tejados como un gato sin dueño. Del día a la noche, de punta a punta, de Prenzlauer Berg a Kreuzberg o de Spandau a Neukölln. Y con escalas. Terminaba en el M29, dirección Roseneck. Salía sola por las noches y siempre acababa habiendo compañía. Estaba viva y revivía en el campo de batalla donde podrías haber muerto tú en distintas fases del siglo XX. Por judío, homosexual, bizco o capitalista. Bush ist kein Berliner. Ahora, llámame jefa de los escarabajos, reina de la república, comandante del ejército sin soldados para las causas perdidas. Fui realista y soñé lo imposible. Siento que pasan los días, las semanas, los nueve meses y que cuatro de cada tres sueños ya se nos han cumplido.
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